Editorial
M U N D O
lunes 12 de mayo de 2008
Afrenta a la ciudadanía
Censura
Luis RUBIO
¿Dónde termina la libertad de expresión? ¿Dónde comienza la censura? Desafortunadamente, esta cuestión se ha vuelto una impostergable interrogante en nuestra realidad política y legal.
Hasta hace no muchos meses, la discusión pública enfatizaba el lado de la libertad en este binomio; súbitamente, el eje de la prioridad política cambió y ahora es la censura el factor dominante en el accionar político. Y cuando eso pasa, la libertad comienza a sufrir.
Los hechos no dejan duda: la intención de la ley aprobada el año pasado era la de conferirle a los partidos políticos el monopolio de la propaganda y los mensajes políticos. Es decir, se buscaba acotar a la ciudadanía y limitar su capacidad para expresarse sobre temas políticos en el foro público. Los partidos y sus bancadas en el Congreso decidieron otorgarse a sí mismos el monopolio de la política y de la expresión pública.
Supuestamente, ese control se limitaría a los periodos de campaña. Sin embargo, como hemos podido observar en los casos de dos anuncios, uno por parte del FAP y otro de un grupo presuntamente ligado al PAN, la interpretación que ha adoptado el nuevo órgano censor, el otrora Instituto Federal Electoral, es que se trata de violaciones a la ley porque no son partidos quienes patrocinaron esos mensajes.
Una interpretación tan vasta y abusiva no hace sino establecer un nuevo patrón para el funcionamiento de las libertades políticas y ciertamente no para bien.
El punto de discusión no tiene que ver con el contenido de los anuncios, mensajes o comerciales. Estos pueden ser de un color o de otro, de buen gusto o de mal gusto. El meollo de la discusión es el de la libertad de los ciudadanos a manifestarse en el ágora pública así sea para decir barbaridades, enviar mensajes odiosos o presentar una visión absolutamente sesgada del mundo. La ciudadanía debe tener el pleno derecho de expresarse por el vehículo que prefiera.
Desde luego, si alguien, como resultado de algún mensaje, se siente injuriado u ofendido, tendrá siempre la posibilidad de demandar al agraviante por difamación. Una limitante de esta naturaleza permite compatibilizar dos objetivos indispensables en cualquier sociedad: el de la libertad de expresión y el del derecho a no ser difamado.
Pero esa no es la forma en que están evolucionando las decisiones en esta materia. En lugar de acudir a tribunales, las partes que se consideran agraviadas están recurriendo al IFE, entidad a la que han decidido convertir en censor oficial. Ante una situación como esta, la pregunta relevante es ¿qué sigue? ¿Qué otras libertades se pretenderán coartar? ¿Qué otros ámbitos de la vida pública comenzarán a ser objeto de censura?
Estas interrogantes no son ociosas. Aunque la ley hace una distinción implícita entre medios electrónicos y medios impresos, en términos conceptuales no existe diferencia alguna entre un mensaje político que aparece en un medio electrónico y un artículo de opinión o un desplegado pagado.
Si la entidad censora decide interpretar la ley de manera tan amplia que cualquier comercial político o spot puede ser materia de censura, entonces los mexicanos estamos fritos como dice la expresión popular. Y nadie debería tener tanto poder.
Llevando el argumento al absurdo, un político tiene hoy un incentivo infinito para exacerbar el ánimo popular, movilizar a la población, incitar a la violencia e impedir que funcionen las instituciones, pues sabe, primero, que nadie le va a impedir su derecho a manifestarse públicamente. Pero, segundo y no menos importante, ese político puede actuar con absoluta impunidad a sabiendas de que, en el futuro, sobre todo si decide competir por un puesto de elección popular, nadie podrá emplear esas imágenes, argumentos o ejemplos porque eso constituiría una infracción a la ley. Cualquier semejanza con la realidad cotidiana debe entenderse como casual, pero no deja de ser ilustrativo de la mentalidad que llevó a limitar la libertad de expresión.
Como tantas monstruosidades legales y políticas en la historia del mundo, su origen tiende a ser bien intencionado y hasta comprensible. Se legisla algún proceso o cambio para atemperar los ánimos, disminuir tensiones o favorecer a algún jugador, todo lo cual tiene explicaciones coyunturales que sirven de justificación. Pero las cosas evolucionan de formas extrañas. Una vez que existe una ley, los responsables de interpretarla y hacerla cumplir emplean sus propios prejuicios y sesgos, que en muchas ocasiones no coinciden con el espíritu del legislador.
No menos relevante es la interpretación que hacen otros actores políticos y que luego emplean para utilizar la ley para fines distintos a los que se pretendía en el origen.
Desde la perspectiva de los políticos, es lógico querer controlar a los medios de comunicación, pues eso hace más simple su trabajo y facilita su desempeño con impunidad. En ausencia de crítica, opinión o incluso relatoría, el trabajo de los políticos deja de ser tema de discusión pública. Pero hay dos problemas con ese razonamiento: uno es que esos políticos no son ciudadanos como cualquier otro, sino representantes de la ciudadanía de manera directa (si ostentan un cargo de elección) o sus empleados si son sostenidos con los impuestos que paga dicha ciudadanía. El otro problema con ese razonamiento es que ese es el camino más rápido de un país al infierno.
Todas estas falibilidades naturales del ser humano son la razón por la cual una sociedad tras otra ha evitado normar o regular la libertad de expresión. Tarde o temprano aparece algún actor al que le importa un bledo el espíritu supuestamente altruista de una ley y comienza a tergiversar el espíritu que la inspiró para ganar terreno con fines no siempre loables. Y ese es el escenario en que se encuentra la sociedad mexicana en la actualidad.
La libertad de expresión no es un valor absoluto pues, en el ejemplo proverbial, uno no puede gritar “fuego” en un cine lleno de gente sin justificación, pero la censura es sin duda un valor negativo que carcome a las sociedades hasta destruirlas.
Por esta razón, es imperativo que la Suprema Corte de Justicia revise con detenimiento los amparos en contra de las restricciones a la libertad de expresión incorporadas al Artículo 41 de la Constitución en el contexto de la reforma electoral del año pasado.
Esas restricciones constituyen una afrenta a la ciudadanía y al desarrollo democrático del país porque limitan las libertades y abren la puerta a un mundo de censura y control que los mexicanos no queremos volver a vivir. Es preferible un entorno político contencioso que uno con libertades crecientemente acotadas.
www.cidac.org
Juegos de poder
La lucha ideológica en el PRD
Leo ZUCKERMANN
Muchas veces los politólogos cometemos el error de subestimar a las ideas y sobreestimar a los intereses para interpretar los hechos políticos. Ha sido, me parece, el caso en el conflicto del PRD.
El domingo tuve una interesante plática en Imagen Electoral con Guadalupe Acosta Naranjo, presidente sustituto del PRD, donde me hizo ver la importancia del conflicto ideológico para explicar lo que está sucediendo en este partido. Un conflicto ideológico típico de la izquierda desde los tiempos de Karl Marx.
Revolucionarios y reformistas.— El gran fin de la izquierda política siempre ha sido la igualdad social. Sin embargo, históricamente ha habido grandes diferencias en los medios para lograr este fin. Karl Marx y Friedrich Engels rechazaron al socialismo utópico que propugnaba por la reconciliación de las clases. En su lugar, estos pensadores promovieron la idea de la lucha de clases.
La igualdad social se conseguiría a través de un gran evento revolucionario, de un cambio violento de las instituciones políticas, económicas, culturales y sociales. Por medio de una revolución, el proletariado se impondría a la burguesía instaurando el comunismo.
Marx y Engels consideraban a la democracia liberal como un instrumento de la burguesía para dominar al proletariado. No creían en ella. Sin embargo, Eduard Bernstein, a partir del pensamiento marxista, desarrolló el llamado revisionismo que admitía que la igualdad social podía conseguirse dentro de la democracia por medio de reformas parlamentarias. Para esta corriente social-demócrata, las injusticias del sistema capitalista se corregirían a través de regulaciones gubernamentales. No era necesario un cambio violento.
Desde el Siglo XIX, los izquierdistas revolucionarios aborrecieron a los reformistas. Los consideraban como los mayores traidores de las clases desprotegidas. De hecho, para los comunistas, se consideraba como gran insulto el término “revisionista”.
Bolcheviques y mencheviques.— Marx siempre creyó que la primera revolución ocurriría en Inglaterra, el país con mayor desarrollo capitalista en el Siglo XIX y con el proletariado más amplio. Sin embargo, sucedió en el país más subdesarrollado de Europa, Rusia, ya en el siglo XX. Y en esta historia también estuvo presente el conflicto entre revolucionarios y reformistas.
Ambos grupos buscaban la igualdad social. Diferían, sin embargo, en los medios. Dentro del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso se enfrentaron las posiciones de los bolcheviques, al mando de Vladimir Lenin, y los mencheviques, cuyo líder era Julius Martov.
Mientras que los primeros se rehusaban a hacer acuerdos con la burguesía liberal en contra de la aristocracia, los segundos proponían una alianza táctica con ellos. Lenin criticó esta política de “colaboración de clases” que traicionaba los intereses del proletariado. León Trotsky, ideólogo bolchevique, desde 1904 consideró a los mencheviques como “imprecisos, desganados, faltos de decisión e inclinados a la traición”.
En el fondo, la diferencia de estos dos grupos de izquierda es que unos creían en la revolución del proletariado y otros en las reformas dentro de un sistema democrático para conseguir la igualdad social. En este caso, los bolcheviques se impusieron a los mencheviques. Y la palabra “menchevique” se convirtió en insulto para los izquierdistas radicales del mundo.
Populistas y reformistas.— Hoy, en el PRD hay dos grupos enfrentados: el de López Obrador y el de Jesús Ortega. No se pueden poner de acuerdo, como es costumbre en la izquierda. Se aborrecen más entre ellos de lo que detestan a sus adversarios de otros partidos políticos.
Ambos grupos quieren una mayor igualdad social pero difieren de los medios. En el caso de Nueva Izquierda (coloquialmente conocidos como Los Chuchos), dicen que la igualdad se puede conseguir desde dentro de las instituciones democráticas. Quieren cambiar las leyes y beneficiar así a los más desprotegidos. Ejercer el músculo del partido en las cámaras buscando acuerdos con otras fuerzas políticas, incluyendo el Gobierno. Se dicen los moderados de esta historia.
Sería un error decir que el otro bando, el lopezobradorismo, son los marxistas, revolucionarios o bolcheviques de esta historia. No. Aquí más bien estamos frente a un grupo populista, derivación izquierdista tan particular en América Latina, que en el caso mexicano deviene del nacionalismo revolucionario priísta. Esta corriente piensa que la igualdad social no puede conseguirse dentro de las instituciones democráticas que han sido capturadas por las clases privilegiadas. Piensan, por tanto, que hay que buscar una vía externa: la movilización de las mayorías, del pueblo “verdadero”, guiado por un líder carismático.
No es gratuito que López Obrador, en alusión a la corriente Nueva Izquierda, haya dicho que “los moderados no son más que conservadores más despiertos”, citando a Melchor Ocampo. Y abundó: “No queremos una izquierda dócil, legitimadora ni modosita”. Hoy por hoy los lopezobradoristas tildan de “traidores” y “colaboracionistas” a Los Chuchos. Se trata, sin duda, del desprecio que muchos izquierdistas tienen de otros izquierdistas que creen que la igualdad social puede lograrse dentro de la democracia liberal.
Pero, como le comenté a Acosta Naranjo, hay algo que no me cuadra en esta historia. ¿Por qué los reformistas le siguen besando la mano a López Obrador? ¿Por qué justifican las acciones de los populistas en contra de las instituciones democráticas? Desgraciadamente este miembro de Nueva Izquierda no supo qué contestar. Me parece que el grupo que se dice moderado no sabe qué hacer con el líder populista.
Si de verdad Los Chuchos quieren ser los reformistas que dicen ser, algún día tendrán que decidirse. Que no tengan miedo: la apuesta social-demócrata es la mejor de todas.
Históricamente esta corriente de izquierda ha sido la que más igualdad y bienestar social ha generado en el mundo. Mucha más que la revolución comunista o el populismo latinoamericano.
Oficio de papel
* Las páginas perdidas de la década salinista
* De escritor municipal a escribano judicial
* Carlos Salinas y su pequeña conspiración
* La frustración de tener un hermano Carlos
Miguel BADILLO
Para Antonio Jaques.
Carlos Salinas de Gortari es un escritor municipal. Esta descripción del político mexicano metido en las andanzas de escritor, es la conclusión a la que llega un analista de la Revista de libros que se publica en España. Aunque el ex presidente prometía la obra de un estadista, las ideas y la prosa de su primer texto que publicó: México un paso difícil a la modernidad, fueron un fiasco memorable.
Mientras aquel primer trabajo que le llevó a Salinas años de destierro y en la víspera de la puesta teatral en la Feria del Libro de Barcelona que Carmen Balcells, la agente literaria de Gabriel García Márquez y ahora también de Carlos Salinas, había logrado convertir en un bestseller de los textos políticos, el ex mandatario y su séquito cortesano se preparaban en el hotel Ritz madrileño para irse en puente aéreo a la ciudad Condal, hasta donde les llegó la noticia desde México, de que el periodista Joaquín López Dóriga había mandado al aire aquella llamada telefónica entre Raúl y Adriana Salinas de Gortari, en la que ambos se decían pelos y señales de su vida financiera y hablaban de su frustración de tener un hermano llamado Carlos.
Cuando el escritor Salinas arribó a la Feria del Libro catalana, llegaba ya como el manipulador de fondos públicos en su país (recordamos el mal uso que hizo de la llamada partida secreta para enriquecer a su familia, amigos políticos, intelectuales, dueños de medios de comunicación y uno que otro periodista) y como el encubridor de sus hermanos corruptos.
Todavía se recuerda cómo en aquella conferencia de prensa en España, los periodistas que habían hecho el viaje para ser testigos e informadores puntuales de la rehabilitación pública del exiliado, en la indignación de la vergüenza compartida con los mexicanos que estaban en el salón de actos, en la mesa en la que tuvo lugar el evento, aventaban con desprecio los libros que el autor les había entregado previamente con la idea de autografiárselos.
En las pantallas de la televisión mexicana el escritor Salinas de Gortari era interrogado por todo lo que sus hermanos habían hablado telefónicamente. Desencajado por el fiasco televisivo, el ex mandatario lucía más verde que el encuadernado de su libro y se perdía entre balbuceos y confesiones para evadir las preguntas directas que le formulaban los periodistas. Para esos momentos, el libro había perdido todo el valor de su posible integridad y el autor aprendió una nueva ley bibliográfica: telefonazo mata texto.
La “década perdida”.— Sin las estridencias publicitarias de aquella época, porque las experiencias amargas moldean el carácter, Salinas de Gortari da cuenta ahora con un nuevo volumen, cuyo título curiosamente aparece entrecomillas en un alarde literario La “década perdida”.
Con este nuevo libro de Salinas le ha sucedido lo que a Mario Moreno en Puerta joven, la película en la que el personaje de Cantinflas era el portero de una vecindad: todavía no aparecía el personaje en la pantalla y ya el público de las salas de cine se deshacía en hilaridad.
De la misma manera que a Cantinflas, nadie ha leído el libro de Salinas y ya todos lo han criticado y analizado. Ha sido suficiente para estos fines la crítica literaria en los anticipos publicados en algunas revistas y diarios. Las reacciones fueron las de siempre. Los detractores, atados a sus vínculos zedillistas, foxistas, lopezobradoristas y calderonistas, ya empiezan a decir: no me defiendas compadre, y son pocos entusiastas que se han conformado con las páginas periodísticas, sin arriesgarse a entrar a las librerías cuyos precios parecen como de joyerías Cartier o Bulgari.
Y aunque Salinas de Gortari asegura que visita bibliotecas en el extranjero, seguramente no tiene la forma de localizar las mexicanas, la realidad es que en los dos textos y de manera más marcada en el de última aparición, es evidente que es un mal lector bibliográfico y es un afanoso trabajador hemerográfico.
Como se ve en sus libros, no hay una relación bibliográfica y como autores de textos le basta citar a sus cuates Roderic Ai Camp, Roberto Mangaveira y Jhon Womac junior. Cuando cita a un autor como Samuel P. Huntington para darse lija liberal e intelectual, lo cita en inglés porque tal vez ignora que hay traducción al español en Paidos y a la fecha se encuentra hasta en las librerías más modestas de la Ciudad de México.
Su apoyo en la información periodística es basta, incluso el título, como lo confiesa el mismo autor, lo obtuvo de las menciones que encontró en diversos medios nacionales e internacionales. El recurrir frecuentemente a las citas periodísticas, en perjuicio de las bibliográficas, le permite traer a amigos y enemigos que encuentran el disimulado elogio —que es el arte de la pequeña corrupción— como la aprobación de su trabajo opinativo, crítico e incluso editorial.
Contrario a lo que pasa en estos momentos en relación con el texto publicado por Debate, la realidad es que no es para tomarse muy en serio ni tendrá la repercusión que pretenden darle los analistas. Ya hay quien lo ve como una nueva escalada política de un personaje maquiavélico al que le rodea la imaginación en la mezcla muy mexicana de mito, cuento y chisme.
Si realmente las explicaciones de liberalismo mexicano quieren y pueden ser tomadas en serio, hay un texto que sin tanto ruido publicitario, tal vez porque su autor no tiene un afamado agente literario, ha dado lugar a una confesión personal, breve y cruda de los proyectos que ingeniaron para conducir al país al abandono de su experiencia histórica revolucionaria y llevarlo por los caminos de un liberalismo mal comprendido y peor aplicado.
Miguel de la Madrid, en un volumen breve, El ejercicio de las facultades presidenciales, explica motivos, razones y propósitos de un proyecto político —incluso llevado a la Constitución como decisión fundamental— que después no pudieron descifrar sus sucesores, incluido Carlos Salinas de Gortari.
Los propósitos del primer presidente liberal o neoliberal eran conservar y fortalecer las instituciones democráticas; vencer la crisis; recuperar la capacidad de crecimiento, e iniciar los cambios cualitativos que requería el país en sus estructuras económicas, políticas y sociales (1983).
Las dos décadas perdidas.— Si este era el proyecto de los liberales que no entendía bien a bien la modernidad de la sociedad informacional y la de mercado, entonces no es una sola la década perdida, sino dos cuando sumamos seis años de Salinas, seis de Zedillo, seis de Fox y dos de Calderón= 20. Esto quiere decir que a lo mejor a Salinas y su agente literaria se les perdió el volumen I o, simplemente, prefirieron publicar primero el volumen II.
No hay duda que la pérdida de la década de Salinas y de Zedillo es tan grave como la de Fox y de Calderón, porque en el fondo están vinculados al mismo cuerpo de doctrina ideológico, solamente matizado por algunos datos pintorescos y de conciencia.
Si Salinas no hubiera sido el presidente de la turbulencia codiciosa, financiera e inmobiliaria, que llevó a toda su familia a zonas de desastre en las procuradurías y los tribunales, no existiría ninguno de sus textos. Pues tal parece que su inspiración literaria nace en las comisarías y en las oficinas de los ministerios públicos del país y de otras naciones.
Y ha propósito de pérdidas, tal vez Carlos Salinas nos pueda decir ¿en dónde andan Justo Ceja y Manuel Muñoz Rocha? Porque a lo mejor hay que ir pensando en contratar a Indiana Jones para una nueva serie que se llamaría En búsqueda de las tumbas perdidas.
Y ya que hablamos de ex presidentes, el caso de Ernesto Zedillo es grave por su trasvestismo ideológico: lo postula el PRI y de inmediato se convirtió en el primer panista de América. Se asegura que es un tecnócrata mexicano, pero en realidad su vida y destino se hacen en el extranjero, por cierto con éxitos económicos, académicos, profesionales y de prestigio que ya los quisiera Carlos Salinas. En cuanto al reto de uno contra el otro que bravuconamente hace Salinas, Zedillo acredita ser buen discípulo del maestro y aplica el viejo principio salinista: ni te veo ni te oigo... ni te leo.
El caso de Vicente Fox no amerita gastar tanta tinta, pues aunque comparte ambiciones y estilos literarios con su maestro Salinas, sólo representa la tragedia compartida y la lección que no se volverá a repetir: los cómicos no son buenos para ejercer el poder.
En cuanto a Felipe Calderón todavía no escribe nada, pero lo que se ve si llega a hacerlo, su libro bien podrá ser un manual o tal vez un simple breviario.
Pero volviendo al libro de Salinas, este tiene algunos detalles humorísticos que al autor le resultaron imperceptibles mientras escribía. Citando algún artículo periodístico asegura:
El deterioro de la cultura cívica se acentuó durante este periodo: 82 por ciento de los mexicanos sostuvieron que confiaban poco o nada con sus semejantes.
El ex mandatario olvida que uno de los semejantes menos confiable para los mexicanos es él, precisamente, con civismo y sin civismo.
Según él, en su “obra” va desarrollando un análisis en calidad de tratadista. Habla de la política social, la autodeterminación popular y la soberanía nacional. En esta línea analítica, en el capítulo 5 (anuncia un rubro, que es francamente un temaso, Las libertades y el Estado de derecho) el lector entiende que va a encontrar allí la clave del liberalismo o, que ahora sí, Salinas deje ver sus influencias teórico políticas y jurídicas que le permitieron gobernar a un convulsionado país, pero el fiasco mayor es cuando sin citar autor alguno, basa su análisis en sus sufridas experiencias judiciales que lo llevaron a referirse a sus juristas predilectos: Jorge Carpizo, Diego Valadés, Juan Velásquez, Juan Collado y ahora hasta Ulrich Richter.
En fin, el título anuncia que hablará de la esencia misma de su pensamiento político que inspiró las acciones de su gobierno para llevar a México a su idea de la modernidad, y una década después vemos a un país convertido en un centro de guerra entre cárteles de la droga, policías y funcionarios corruptos, gobernantes mediocres y en medio una población que pide auxilio en el desierto.
Así, sin perder su calidad de escritor municipal, como lo calificaron en España sobre su primer libro, Salinas ahora se convierte en escribano judicial. De sus resentimientos y amargas experiencias judiciales, personales y familiares —para que ni piense en demandar, el que hace pública la situación de su familia es el mismo autor—, Carlos Salinas hace un resumen peculiar y subjetivo de las vicisitudes judiciales que padecieron él y sus hermanos como consecuencia de todos aquellos temas que tocaron en la llamada telefónica: pasaportes falsos, dineros con origen y destino oscuro, riqueza inmobiliaria, en fin, esta sí una buena historia de policías y ladrones.
Pero a Salinas, según sus ingenuas explicaciones, en la “década perdida” encontró algo que él y los suyos dieron lugar a conductas que son relevantes para las leyes penales de manera globalizada. Entonces, el suyo fue un caso de justicia penal global. El es el que enumera cortes, tribunales y fiscales de todas partes del mundo: mexicanos, estadunidenses, franceses, ingleses, suizos, holandeses. En este capítulo, Salinas el amanuense de juzgado, descubrió que la sociedad de mercado entiende bien la delincuencia y el desprestigio de manera global.
Por eso en esta década, su gobierno, sus allegados, sus subalternos y su familia alcanzaron la globalidad de la infamia que no logra vencer el texto de un escritor que ya es costumbrista.
En fin, el libro no es un documento político, sino un gracioso alegato jurídico que aprovecha para repartir mandarriazos y calificativos al aire para ver quién se pone el saco. Nada recomendable para leerlo.
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