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Editorial
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M U N D O
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jueves 8 de mayo de 2008
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Agenda ciudadana
El problema central no es Pemex, es el fisco
Lorenzo MEYER
La raíz.— La variable fiscal no es la única pero sí es la base de cualquier explicación tanto de la crisis de nuestra industria petrolera como del actual proyecto de
Felipe Calderón por aumentar el espacio del capital privado —nacional y extranjero— en una actividad que a partir de 1938 se supuso constitucionalmente reservada a
la compañía petrolera del Estado, Pemex.
Punto de partida.— En cualquier país económicamente sano el grueso de los recursos fiscales provienen de impuestos al
comercio, consumo, ingreso de personas y empresas y, en fin, el amplio abanico
de las actividades productivas cotidianas. Sin embargo, en los países petrolizados, el fisco depende fundamentalmente de la renta petrolera.
Desde la segunda década del siglo XX México se convirtió en un país petrolero pero no necesariamente en uno petrolizado, esto último es un fenómeno reciente, producto de la irresponsabilidad de sus clases dirigentes, es
decir, políticos y empresarios. Antes de la nacionalización de 1938, por ejemplo, los impuestos a las actividades petroleras cubrieron del
10.8% de los ingresos fiscales federales en 1918 hasta llegar al 33.6% en 1922
para luego descender rápidamente hasta aportar en 1930, en la Gran Depresión, apenas el 7.5% de los recursos federales. En vísperas de la expropiación aumentó modestamente hasta 12.8%. Con el petróleo en manos extranjeras México no estuvo petrolizado.
A partir de 1938 la actividad del recién creado Pemex se dedicó básicamente a surtir la demanda interna a precios bajos y sólo marginalmente a la exportación. Los impuestos a la actividad petrolera nacionalizada fueron importantes pero
no centrales. Así, en 1958 la contribución de Pemex representó el 6.1% de los ingresos fiscales federales y de sólo un modesto 3.3% en 1973. Para entonces la empresa ya tenía problemas serios pues por primera vez tuvo que importar de manera
significativa más hidrocarburos de los que exportaba. Como sea, la vida económica del Gobierno no dependía de la renta petrolera para sobrevivir, como es hoy el caso.
Pemex como proveedor de recursos fiscales.— A partir de 1974 —en la segunda mitad del gobierno de Luis Echeverría— la situación empezó a cambiar, y ese cambio se profundizó al arrancar la administración de José López Portillo. Por segunda vez en su historia y por decisión presidencial, México retornó a su papel de gran exportador de petróleo, contraviniendo la propuesta cardenista de usar los hidrocarburos —un patrimonio nacional no renovable y cuya vida había que prolongar al máximo— para surtir las necesidades energéticas de México, no las del mundo externo. El México exportador neto de crudo fue resultado de una decisión de su élite política en un momento de crisis —se había venido abajo el modelo de “desarrollo estabilizador”— que por ese camino fácil buscó resolver las necesidades fiscales de un gobierno federal entrampado por el déficit. Al final, el modelo económico posrevolucionario se hundiría, pero no sin antes dejar a México enganchado como proveedor del mundo externo de un recurso estratégico que siempre debió de haber reservado para sus propias necesidades prioritarias.
Para 1981, cuando López Portillo propuso como proyecto nacional “administrar la abundancia”, los impuestos pagados por Pemex representaron ya el 26.3% de la recaudación tributaria federal, pero en 1996 alcanzaron el 35.6%. Con ello, México regresó al modelo petrolero colonial de 74 años atrás y contra el que se había rebelado el cardenismo. Como pronto se vería, esa dependencia de la salud fiscal y económica del país del petróleo tenía una base muy frágil: el supuesto que combinaba grandes reservas con altos precios del petróleo en el mercado mundial. Cuando esa suposición probó ser falsa, se vino abajo todo el castillo de naipes económicos y el país entró en el túnel de un proceso económico de crecimiento mediocre o nulo y del cual aún no logra salir del todo.
Siempre ha sido difícil financiar a Pemex.— En un tiempo porque los precios bajos de sus productos no respondían a la realidad del mercado sino a una política gubernamental de subsidiar a la economía con los hidrocarburos. Sin embargo, a partir de la crisis en 1982, Pemex se
convirtió en una de las pocas tablas de salvación de las finanzas de gobiernos endeudados hasta el cuello y urgidos de recursos
para su gasto corriente y para los programas sociales —de Solidaridad hasta el actual Vivir Mejor— de los que dependían para mantener sus redes clientelares y reflejarlas en las urnas.
La situación actual.— Hoy el Gobierno mexicano depende de los recursos que le transfiere Pemex como
nunca antes en la historia del país: 40% del presupuesto federal proviene de la renta petrolera. David Ibarra ha
resumido así la situación: “[e]l objetivo central de Pemex ha dejado de ser el de impulsar el crecimiento
para convertirse en instrumento equilibrador de corto plazo del presupuesto público y de las cuentas externas”, (El desmantelamiento de Pemex, UNAM, 2008).
Para que las fantásticas ganancias actuales de Pemex —sacar un barril de petróleo cuesta entre 3.34 y 4.16 dólares pero el precio de la mezcla mexicana ya llegó a los 100 dólares en el mercado mundial— se pudieran reinvertir y no fuera necesario la privatización encubierta que hoy se propone, sería necesario que el Gobierno no le quitara a Pemex prácticamente todas sus utilidades. Con una tasa menor de impuestos, la empresa
podría hacer lo que siempre ha hecho y que hoy se quiere dejar en manos privadas:
exploración, extracción, almacenamiento, refinación, petroquímica, ductos, distribución, etcétera. La parte nueva, la exploración y explotación de aguas profundas, podría hacerse comprando la tecnología e incluso asociándose para ello con quienes ya tienen experiencia en lo más difícil de ese proceso, que no es lo tecnológico sino la logística de tamaña empresa.
El reto.— Históricamente, México ha tenido un gran problema con el fisco. Buena parte de nuestro siglo XIX
estuvo dominado por la política de la penuria. Aun cuando el Porfiriato pudo acabar con las alcabalas e
introducir el impuesto del timbre y, tras la Revolución, implantar el Impuesto Sobre la Renta, en la segunda mitad del siglo XX los técnicos de Hacienda advirtieron que urgía un paso más en la modernización fiscal.
Sin embargo, los intereses creados —las grandes concentraciones de capital— derrotaron ese y otros intentos por hacer más eficiente y equitativa la política fiscal; los cambios fueron mínimos, de ahí que el Gobierno acudiera al déficit y al endeudamiento, con las desastrosas consecuencias que todos conocemos.
En 1980 se pudo introducir el IVA, que si bien resultó relativamente fácil de recaudar era fundamentalmente inequitativo. Ya en el neoliberalismo,
ciertos cambios aumentaron la recaudación pero de manera muy modesta: entre el uno y dos por ciento del PIB con Carlos
Salinas y en proporción semejante con Calderón. Así, México se mantiene como uno de los países con menor capacidad para recabar impuestos directos o indirectos de empresas
y personas —alrededor del 11% del PIB— cuando otros países similares obtienen el doble.
La tradicional penuria fiscal se mantiene. Como la participación del Gobierno en gasto e inversión —más en lo primero que en lo segundo— es el doble de lo recaudado, la contribución de Pemex para salvar la situación aparece como esencial e insustituible, pues de ahí proviene el 40% del total de recursos del Gobierno.
En estas condiciones, y para evitar una verdadera reforma fiscal así como la muerte de la gallina de los huevos de oro —la industria petrolera— el Gobierno actual busca seguir sacando toda la renta petrolera que pueda de
Pemex e invitar al sector privado local y extranjero para que invierta en
exploración, refinación, ductos o almacenes lo que la empresa estatal ya no puede hacer porque el
fisco se lo impide.
Falsa solución.— Con la privatización parcial del petróleo volverá a ocurrir lo que ocurrió con Telmex: por un momento habrá recursos tanto para el gasto público como para la inversión en un área vital de la economía —telecomunicaciones entonces, petróleo y refinados hoy-- pero en el mediano plazo se habrá debilitado al sector público y se habrá entregado una renta petrolera en ascenso a un puñado de intereses privados. Y no sólo eso sino que, finalmente, se habrán fortalecido a las grandes concentraciones privadas de capital, aliados
naturales de una derecha que ya mostró su poca disposición a la alternancia política y su mucha inclinación a profundizar lo heredado: el proyecto de un México socialmente desigual, excluyente e internacionalmente subordinado.
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Reporte sobre política
Le juegan al hambreador
Ernesto Julio TEISSIER
Al principio de esta semana se desató en la capital de la República una epidemia curiosa —y también intrigante y sugestiva—, campaña de prensa para protestar contra un aumento en el costo de la vida, y en los
precios de los productos básicos... que no han empezado todavía.
Y, lo que es más grave, existe la sospecha de si en las “informaciones” periodísticas, el alza de precios, que algunos juzgan “inevitable” podría retrasarse o aliviarse. En la embestida participaron por lo menos seis de los
diarios capitalinos —Milenio, Excelsior, Universal, Financiero, Economista y algún otro que se me escapa—, y varios personajes de la iniciativa privada.
Vamos a entendernos: uno, el autor de estas líneas NO se siente moralista ni rector de la prensa escrita de México; dos, desde hace un largo tiempo, tengo claro que en el periodismo hay
cuando menos dos grandes divisiones profesionales: la de los reporteros (de la
que no me siento parte), y la de los opinadores o comentaristas; tres, que no
pretendo acusar a los diarios capitalinos mencionados de alarmismo, ni mucho
menos de falta de honradez; cuatro, que de verdad existe una ola de rumores,
(eso sí, de menor cuantía) acerca de una posible hasta probable, elevación del costo de la vida.
Las noticias y los susurros: que a partir de septiembre México sentirá los efectos de la crisis alimentaria, dice la CNC, en sus abastos de arroz (en
el que tiene una dependencia de las importaciones del orden del 65 por ciento
del consumo nacional) y de trigo (en donde las compras más allá de nuestras fronteras llegan al cincuenta por ciento).
Algo más: México registra (tiempo presente) escasez de alimentos porque el sector de granos
y oleaginosas fue desatendido durante quince años pues se redujo en once puntos porcentuales la superficie sembrada. La nota
fue de Excelsior y se publicó el día 5.
Otra. La producción de arroz está en un nivel “crítico pero no dramático”, dice Alejandro Díaz, líder de los productores. Sigue: los productores y especuladores son los
principales beneficiarios del alza, (así, sin precisar fechas ni tiempos) en los precios de los granos.
Continúa: pese a la ayuda gubernamental, la deficiencia alimentaría se agudizó en los últimos 20 años, pues entre la población prevalecen la anemia y las tallas bajas.
El precio del pan aumentará en el segundo semestre del año, ante el encarecimiento del trigo y de materias primas como mantequilla, huevo
y leche, dice el presidente de la Cámara Nacional de la Industria Panificadora, Leopoldo González, quien agrega que “en menos de 10 meses el precio del costal de harina pasó de 160 a 365 pesos”; el bolillo cuesta más de $1.50 en todo el país.
Todavía no se acaba: la crisis alimentaria comenzará a sentirse a partir de septiembre, “debido a que se carece de una política de reserva estratégica de granos” (?), dijo Cruz López Aguilar, dirigente de la CNC, quien también anunció que “las organizaciones campesinas han decidido sumarse al paro cívico nacional”.
Siempre hay más: ...elevada dependencia de importaciones de algunos productos, y caída de la producción (?) en el campo; en los últimos tres años, la dependencia alimentaria subió siete puntos porcentuales al pasar de 35.3 a 42.7 por ciento. Así lo dijo Eugenio Gómez, analista de la consultoría.
Ya quedan pocas: “Sólo cubrimos el 30 por ciento de las necesidades de mercado, y se importan 800
mil toneladas anuales”, afirma el presidente de la Federación Nacional de Productores de Arroz, Alejandro Díaz.
Y ya mero terminamos: Víctor Suárez, presidente de la Asociación Nacional de Productores Agrícolas y de la Confederación Nacional de Productores de Maíz Industrializado, dice, —y él ha de saberlo—, que las grandes firmas comercializadoras y especuladoras son las que han
ganado con el “súbito incremento de los precios de los granos básicos”.
Estoy de acuerdo con los lectores que ya dejaron de leer esta larguísima enumeración, y con los que continúan leyendo pero están aburridos.
Ahora bien, las noticias macizas que se tienen acerca del asunto son: una, que
en Estados Unidos se desató una especulación con el precio del arroz, pero no con el de otros granos; y dos: que la ONU
habló de la posibilidad de una crisis alimentaria mundial y censuró acremente a los especuladores que la desataron y la aprovechan.
Y a nosotros, en México, ¿habrá algo que ya, en este momento, pueda llevarnos casi a la histeria, a las
capacidades de adivinos, y a tirarnos de los cabellos y rasgarnos la ropa por
un alza de precios “generalizada y preocupante” que aun no se siente?
¿Y qué derecho tienen los beneficiarios de los programas gubernamentales en favor de
los “pobrecitos ejidatarios” que, como dice el líder de la CNC, “siembran cada vez menos y no aumentan su producción pese a que está comprobado que el Gobierno les ha dado e incrementado subsidios, les ha
facilitado la compra de fertilizantes y semillas mejoradas, no les cobra
impuestos?
¿Y qué decir de los dirigentes de los industrializadores de maíz y de los líderes de la industria panadera, que golpean a los funcionarios públicos que les caen mal con cargo a las maniobras que hacen ellos y sus
representados?
Lo que se publica en los periódicos se lee, y se cree: por eso deberían algunos editores cuidar el contenido de lo que mandan a imprimir, porque
pueden agravar o inclusive desatar un alza de precios que no nos conviene casi
a nadie.
Pues, como dicen las viejitas en mi pueblo, “al diablo no hay que hablarle, porque luego se aparece”.
eteissier@stx.rr.com
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Salud y política
¿Quién debe ponerse las pilas?
Rafael ALVAREZ CORDERO
El diccionario Jerga de Habla Hispana dice que “ponerse las pilas” es un llamado a “poner ánimo, esfuerzo, concentrarse, actuar”; el pasado 30 de abril Felipe Calderón en un desplante humorístico-sarcástico, le pidió a Josefina Vázquez Mota que se “ponga las pilas” ante lo que la secretaria guardó silencio.
¿Quién debe ponerse las pilas?; el Presidente ha transitado casi dos años y a pesar de su ofensiva contra la delincuencia y el narcotráfico, y de haber logrado la aprobación de algunas leyes, aún no logra convencer a los mexicanos; las señales que manda son equívocas, por decir poco, ya que urge a la Secretaría de Educación para que mejore el rendimiento de los alumnos pero sigue cobijando a Elba
Esther Gordillo y su corrupción inveterada, envía una propuesta de reforma energética de Pemex pero se cuida de no tocar ni con el pétalo de una rosa al sindicato más corrupto del país; habla de justicia pero saluda y aplaude al gobernador Manuel Marín, reitera que el Estado es laico pero guarda silencio ante el desvío de recursos de los gobernadores de Jalisco y Guanajuato para construcción de iglesias.
Pero no sólo el Presidente necesita “ponerse las pilas”, sus colaboradores, de Juan Camilo Mouriño para abajo, o tienen las pilas muy bajas o están en el juego de Juan Pirulero, porque no se ve acción, no se ve cohesión, no se ve voluntad, y por supuesto no se ven resultados.
En los legisladores, las pilas brillan por su ausencia; el PAN vive de
contradicciones, nadie sabe por donde van y la falta de liderazgo real es
evidente, ¿tiene liderazgo Germán Martínez?, ¿o Héctor Larios o Santiago Creel?, triste PAN sin pilas.
En el PRD no hay dónde poner pilas porque ya no hay partido; la disputa no es por el partido, mucho
menos por el ideario o el plan de acción de la izquierda, la disputa es simplemente por el dinero, los cientos de
millones que el IFE entregará a eso que se llamaba hasta el 5 de mayo pasado, Partido de la Revolución Democrática (sí Chucha).
Y el PRI está reciclando las pilas; tras haber llegado en tercer lugar en las últimas elecciones, ha sabido aprovecharse de la indecisión del PAN y la irracionalidad del PRD para posicionarse como el fiel de la
balanza; Manlio Fabio Beltrones ya se siente en la Presidencia y no le falta
razón, con la pilas recicladas —viejas pilas de 70 años—, el PRI marcha sin mucho esfuerzo para volver a gobernar al país.
Se necesitan pilas de honestidad (¿dónde las venderán?) para muchos de los mandos de las policías, pilas de justicia (¿dónde hay?) para los ministros de la Suprema Corte, pilas de transparencia (¿existen?) para los alcaldes, presidentes municipales y gobernadores, porque la
deshonestidad, la injusticia y la falta de transparencia son combustibles que
pueden hacer que los mexicanos no aguantemos más.
Felipe Calderón tiene ya dos años en funciones, si en éste año no se “pone las pilas”, ya nunca podrá hacerlo, porque no son suficientes los anuncios y las frases bonitas, “obras son amores, y no buenas razones”, decía mi tía.
Y usted, estimado lector, ¿tiene puestas las pilas?; ¿cómo va a expresar su aprobación o su rechazo a lo que ocurre en el país?; no olvide que tiene una credencial de elector; si está vigente, qué bien; si no, obtenga una nueva, y por favor vote, vote por quien quiera, pero
vote, así junto con millones de compatriotas, podremos cambiar al país, y quien no tiene bien puestas las pilas deberá irse al retiro... o más lejos.
raalvare@infosel.net.mx
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Falta ética mínima
PRD, la entropía
Jenaro VILLAMIL
El pacto político fundador que dio origen al PRD hace 19 años se agotó. La crisis de éste partido se explica, en buena medida, por el origen accidentado de esta
organización que, en realidad, siempre fue un frente de diversas corrientes de izquierda; y
el segundo factor es la coyuntura reciente, determinada por la crisis
poselectoral de 2006, y sus secuelas en estos dos últimos años.
En todo proceso de entropía o autodestrucción vuelven a aparecer los problemas de origen. En este caso, reaparece la vieja
discusión que en 1989 se generó cuando algunos militantes del PMS optamos por no afiliarnos al PRD, creyendo
que era más importante mantener un frente político que garantizara autonomía y solidez frente a la izquierda independiente que venía de su propio y complejo proceso de fusiones y encuentros, frente a los otros
organismos que apoyaron a la Corriente Democrática escindida del PRI y que apoyaron la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, el año del fraude electoral fundacional del PRD.
Una mayoría de ex militantes del PMS —provenientes muchos del PSUM, del PMT y de otras organizaciones— decidieron apostarle a la fundación de un nuevo partido. Se creó entonces el falso axioma de que la unión hace la fuerza y la fusión genera recursos. En el caso del PRD este axioma, con el tiempo, se ha
desgastado. Hoy están menos unidos los grupos originales y el pleito por los recursos —derivados de candidaturas, cargos gubernamentales, clientelas y no pocos
enjuagues— se ha convertido en el elemento esencial del pleito por el control de la
dirección.
El PRD se fundó sobre un frágil equilibrio que no pasó por una revisión programática ni un debate político, sino por el culto al pragmatismo electoral que devino en culto al cargo y
al caudillo y a los candidatos en turno. El caudillismo no fue un problema sólo de los liderazgos fuertes de Cárdenas o de Andrés Manuel López Obrador. Se reprodujeron a escala con gobernadores, alcaldes y jefes de “tribus”. En el PRD se reprodujo lo peor de la cultura presidencialista y en no pocos
casos las herencias autoritarias de la vieja izquierda comunista. La diversidad
original del PRD no se convirtió en su riqueza, sino en su debilidad, precisamente por la falta de un pacto político eficaz y la pretensión de mantener a toda costa el axioma original.
Fallaron los elementos éticos mínimos para garantizar una convivencia tan difícil entre la izquierda independiente no priísta (proveniente del PSUM, PMT, PRT), entre los cuadros priístas que salieron junto con Cuauhtémoc Cárdenas y con Porfirio Muñoz Ledo, entre la izquierda que se conoció como paraestatal por su proclividad a hacerle el juego al poder político en turno (de ahí provienen Jesús Ortega y buena parte de sus seguidores, ex militantes del PST y luego del
PFCRN) y entre la llamada “izquierda social”, que originalmente fue crítica de la “democracia electorera” y en el PRD se transformaron en grupos con una fuerte ambición de poder y una débil cultura democrática.
Paradójicamente, el PRD no incorporó a buena parte de la izquierda cultural y menospreció durante años la agenda de las nuevas izquierdas defensoras del medio ambiente, de los
derechos humanos, de la diversidad sexual, del derecho a la información y de la tolerancia religiosa. Eso sonaba demasiado light para algunos de los
viejos cuadros políticos. Se abandonaron las nuevas causas y se optó por un pragmatismo de frágil equilibrio.
Para que funcionara el pacto, el PRD concentró sus energías en la crítica al fraude electoral —1988 y luego 2006—, en la fuerza y arrastre de sus candidatos presidenciales —primero con Cuauhtémoc Cárdenas (1988, 1994 y 2000) y después con López Obrador (2006)—, pero se olvidó de los pequeños grandes detalles que marcan ahora la entropía del partido. Las reglas mínimas del juego democrático no se cumplieron.
El acoso externo explica la otra parte de la entropía en el PRD. Un partido que ha estado en dos ocasiones en el umbral de ganar la
Presidencia de la República no ha podido procesar y enfrentar el ataque de sus adversarios, y más bien ha acabado por copiar esos métodos para anularse internamente.
Ejemplos de la fobia contra el PRD hay muchos. Ahí está la lista de 600 militantes muertos durante el salinismo, la estigmatización permanente en contra de Cárdenas —que ahora se ha olvidado— y la Pejefobia surgida desde Vicente Fox hasta Calderón, con la mayoría de los medios electrónicos afines reproduciéndola. El PRD se volvió incómodo desde el salinismo, a diferencia del PAN que se transformó en la opción cogobernante, con toda la secuela de crisis interna menos visible que ha
vivido Acción Nacional. El caso reciente de Yucatán es sólo un ejemplo.
Sin embargo, la entropía ha llegado a un punto en el que no hay retorno. Jesús Ortega, tres veces candidato a dirigir el PRD, aliado incómodo para Cárdenas y para López Obrador, ha decidido reventar el pacto fundador. Nueva Izquierda optó por un virtual “golpe de Estado técnico” al nombrar como dirigente a Guadalupe Acosta Naranjo en una asamblea del
Consejo Nacional que no reunió ni siquiera los requisitos mínimos de quórum.
Los críticos de la “toma de la tribuna” en el Congreso no tuvieron empacho para tomar por asalto el partido. Los que
hablan de legalidad no fueron capaces de demostrar la mínima legalidad en las numerosas trapacerías reportadas en los comicios de marzo. Nueva Izquierda apostó por el peor de los métodos paraestatales para hacerse del control del PRD: buscar el apoyo efímero de los adversarios externos para quedarse con las cenizas de un partido.
¿Qué pasará en el PRD? Es difícil hacer un pronóstico optimista. La tendencia de los procesos de entropía indica que sólo a través de la refundación —el “borrón y cuenta nueva”— se puede salir de la crisis cíclica. El PRD que conocimos durante 19 años, con sus logros y sus graves vicios, terminó una etapa. No podrá comenzar otra etapa si no existe una autocrítica sustancial de las razones que condujeron a esta crisis.
jenarovi@yahoo.com.mx
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